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del bien y el mal, impidiendo de este modo el desarrollo de hombres libres, formados en una verdadera relación, en la que ambos, docentes y alumnos, puedan re-crear continuamente un conocimiento siempre incompleto y siempre en proceso, a partir del análisis de la propia experiencia y de los saberes provenientes de la vida cotidiana. ¿Por qué el alumno no puede evaluar al profesor, además de evaluarse a si mismo? ¿Por qué el docente desprecia el bagaje de conocimientos que el alumno trae al colegio? ¿Por qué no edificarlos a partir de éstos, en lugar de hacerlo desde la “teoría”? ¿Por qué ciertos intereses de los alumnos deben quedar fuera del proceso de aprendizaje? ¿Por qué no aprovecharlos para despertar nuevos intereses?


Los docentes deberían buscar la posibilidad de crítica al autoritarismo escolar precisamente en esta contradicción cotidiana, donde la igualdad, la justicia y la libertad se contravienen permanentemente en la situación pedagógica concreta.


1. “Psicopatología del vínculo profesor alumno”- Rodolfo H Bohoslasky.


Google Claudia Alberto Fermanelli

Psicóloga


Autoritarismo y educación

El autoritarismo invisible en la educación


“...Lo más desalentador de este autoritarismo invisible es que los estudiantes lo aceptan.” de R. H. Bohoslavsky.


La primera imagen que se nos presenta cuando pensamos en el autoritarismo escolar, es la de un maestro pegándole a un niño, tirándole de las orejas, o gritándole para exigir silencio, y no obstante podamos afirmar que estas imágenes han sido en gran parte superadas, el estereotipo citado nos persigue como un símbolo. ¿Por qué?

Foto antigua de profesor pegando a un alumno

Creemos que si bien no hay castigos corporales, y (al menos públicamente) ya no se sostiene que la “letra con sangre entra”, el autoritarismo escolar sin embargo permanece.


Siguiendo un artículo de Rodolfo Bohoslasky (1) veremos que éste, más disimulado se estructura sobre los siguientes básicos:


a) El profesor sabe más que el alumno.

Esto, que desde una perspectiva cuantitativa no es discutible, esconde en realidad una premisa autoritaria: el docente sabe, el alumno no sabe, descalificando de hecho, cualquier intento de participación en la creación del saber, por parte del alumno. Si el que sabe es el docente, el alumno sólo puede ser receptivo, pasivo de ese saber. De esa manera el aprendizaje se limita al acto de aprender del profesor y no con el profesor, mediante un ritual mecánico que empobrece a ambos, donde no hay sorpresas, ni preguntas “fuera de contexto”; ni por supuesto real aprendizaje, pues el conocimiento se transmite ya estructurado.

Alumno escribiendo en la pizarra

b) El profesor determina los intereses de alumno.

Aquí se parte del supuesto de que los intereses de los alumnos nada tienen que ver con el que “deben aprender”; con lo cual se da por sentado que los alumnos tiene que ser formados por los adultos, ya que carece de elementos necesarios para establecer los criterios que “convienen a su aprendizaje”.


c) El profesor define la comunicación posible con los alumnos.

Así definida la “comunicación” es siempre unidireccional, centrada en la persona del profesor, al que los alumnos deben siempre “prestar atención”. Se establece de este modo una “comunicación” asimétrica, la única capaz de preservar la autoridad del profesor (y la dependencia de los alumnos).

La verdadera comunicación es de ida y vuelta; la verdadera educación es siempre de mutuo “prestar atención”: el resto es adoctrinamiento.

d) El docente debe proteger a los alumnos de cometer errores.

Aquí se parte de la idea de que los errores no son motor de aprendizaje, sino camino del fracaso. Por eso, para no equivocarse, hay que seguir el camino que marca el profesor. Lógicamente es al revés:  “ sin ensayo y error, no hay aprendizaje posible”, dice Piaget.

e) El profesor puede y debe juzgar al alumno.

Ha de ser el profesor quien determine el éxito o el fracaso del alumno, a quien “calificará por su bien”. Este enfoque genera en el alumno un sentimiento de inferioridad y dependencia, y sólo puede dar origen a conductas de sometimiento o rebeldía, pues el niño aparece como incapacitado de elaborar un juicio coherente sobre sí mismo. No sabe quién es: debe preguntárselo al profesor.

Todas éstas son formas más o menos ocultas de autoritarismo que refuerzan la dependencia de la infancia; infancia que se sigue suponiendo una tabla rasa en la cual deberán inscribirse las normas

Profesora riñendo a alumno